La curiosa historia del Baile de San
Vito

Que la música
amansa las fieras es un decir. En el
caso de los seres humanos ocurre más
bien todo lo contrario. No hay más que
echar un vistazo a nuestra historia para
encontrar increíbles capítulos de
histeria colectiva en el que pueblos
enteros bailaban sin parar al son de la
música durante semanas enteras.
Muchos autores se
hacen eco de algunas de las más famosas
plagas de baile que durante los siglos
XIV, XV y XVI, azotaron gran parte de
Europa como la que tuvo lugar en
Estrasburgo donde una mujer comenzó a
bailar fervientemente durante más de
cuatro días sin apenas parar a comer.
Para entonces ya le acompañaban más de
una treintena de vecinos en esta
particular locura colectiva y en un mes
ya serían más de 400.
Era el temido baile de San Vito, una
alteración psicológica especialmente
contagiosa en grandes concentraciones de
personas y que desataba visiones y
alucinaciones, provocando episodios de
locura entre los afectados que se movían
y retorcían de forma compulsiva.
Un día de julio de
1518, en una calle de Estrasburgo, una
mujer llamada Frau Troffea comenzó a
bailar de manera fervorosa. Pero no era
una danza normal, pues según cuentan los
cronistas, Troffea bailaría durante más
de cuatro días, apenas parando para
comer. Para entonces, ya no lo hacía
sola, sino que eran 34 personas más las
que la acompañaban, y el número no
paraba de aumentar. Pasado un mes, ya
eran más de 400, entre hombres, mujeres
y niños.
Todos los indicios
parecían indicar que el baile de San
Vito había llegado a la ciudad. Una
enfermedad temida, que hacía que los que
la sufrían bailaran y se retorcieran de
forma compulsiva en medio de
alucinaciones y visiones, gritando de
forma furiosa y, en muchas ocasiones,
echando espuma por la boca,
proporcionando a los afectados una
apariencia de locura o, peor aún, de
poseídos.
A medida que la plaga empeoraba, las
autoridades buscaron el consejo de los
médicos de la ciudad. Sorprendentemente,
entre todos creyeron que lo más adecuado
para estos enfermos del baile era que
siguieran bailando, según el parecer
generalizado, los enfermos sólo se
curarían si no paraban de bailar durante
las 24 horas
del
día. Para ello, habilitaron varios
salones y construyeron un escenario de
madera. Todo para que pudieran bailar a
su aire. Y por si esto fuera poco, las
autoridades contrataron a músicos para
que tocaran y a bailarines profesionales
para que los acompañaran.
La música servía, además de cómo
estimulo para evitar que dejaran de
moverse, como cura para sus males. En
aquellos tiempos, se creía que la música
era capaz de sanar, no sólo los males
del cuerpo, sino también los del alma.
Para finales de verano, la plaga de
danzantes ya se había extendido hasta
varias docenas de ciudades y pueblos de
Alsacia, y los bailarines comenzaban a
morir aquejados de infartos, derrames
cerebrales o, simplemente, de
agotamiento. Muchos de los que
resistieron acabaron siendo llevados a
pie o en carro hasta alguna capilla
cercana dedicada a San Vito. Santo al
que muchos rezaban como último recurso y
que se convirtió en el patrón de los
danzantes. Finalmente, a principios de
septiembre, la epidemia comenzó a
remitir.
Por extraña que parezca, esta plaga de
baile no es la primera de la que se
tiene constancia. En 1374, en una docena
de ciudades de la cuenca del Rin,
coincidiendo con unas gravísimas
inundaciones que habían traído la
desesperación y el hambre a la región,
cientos de personas fueron poseídas por
una compulsión irrefrenable que también
las obligaba a bailar. Se retorcían,
giraban y contorsionaban durante horas,
incluso días, chillando en medio de
visiones y alucinaciones. En cuestión de
semanas, la epidemia se extendió a
grandes áreas del noreste de Francia y
Holanda. Tuvieron que pasar meses hasta
que la epidemia remitió.
Durante el siglo XV, fueron sólo unos
cuantos los estallidos de este tipo de
plagas de los que se tiene constancia.
El más importante en 1491 en un convento
de monjas de los Países Bajos, en aquel
entonces posesión española. Varias
monjas fueron “poseídas por el espíritu
de familiares malvados” que hacían que
corrieran como perros, saltaran de los
árboles imitando a los pájaros o
maullaran como si fueran gatos. Aunque
estas “posesiones” no se limitaron a los
conventos, fueron las monjas las más
afectadas. Durante los dos siglos
siguientes, episodios similares se
repitieron en otros conventos de París o
Roma.
En el caso de Estrasburgo, como ocurrió
en 1374 en la cuenca del Rin, la plaga
tampoco vino sola, sino que lo hizo
precedida por una sucesión de hambrunas
provocadas por una serie de inviernos y
veranos extremos. En este caso, fueron
las heladas y las granizadas las que
habían echado a perder las cosechas. El
precio del pan había llegado hasta
precios máximos y el hambre causaba
grandes mortandades. Los que sobrevivían
tampoco lo tenían fácil y muchos
acababan arruinados por las deudas. La
ciudad estaba llena de campesinos que lo
habían perdido todo y que no tenían otra
opción que mendigar por sus calles. A
las ya temidas y conocidas lepra y
viruela se les unían nuevas enfermedades
como la sífilis, que se cebaba con
ellos.
Las monjas, sin embargo, parecían estar
protegidas de muchas de las calamidades
de la época. Aunque los propios
conventos podían no resultar el ambiente
más sano, psicológicamente hablando.
Muchas no estaban allí por decisión
propia, sino por decisión de sus padres.
Sin embargo, una vez dentro, les era muy
difícil salir. Aunque, a veces, las que
mostraban una desesperación mayor no
tenían porque ser las que no parecían
tener ningún tipo de vocación, sino,
precisamente, a las que les sobraba,
atormentadas y obsesionadas por el temor
de no entregarse lo suficiente.
Las plagas de baile, o las posesiones en
los conventos, son episodios tan
extraños que lo más fácil es pensar que
no existieron. Sin embargo, se dispone
de una gran variedad de fuentes
documentales que dan cuenta de su
existencia. En muchos casos, las plagas
fueron descritas de forma independiente
por médicos, cronistas, monjes y
sacerdotes. En el caso de Estrasburgo,
incluso, figuran en las actas
municipales las acciones tomadas por las
asustadas autoridades.
Pero, ¿qué era lo que producía estas
maratones de baile?
Se ha especulado sobre la posibilidad
que los bailarines formaran, en
realidad, parte de algún tipo de culto
herético. Aunque los testimonios de su
época coincidían en describir a los
danzantes como enfermos, no como
herejes. Ni siquiera la Iglesia de la
época, siempre dispuesta a combatir las
herejías con contundencia, los veía como
tales. Tampoco existe ninguna evidencia,
según cuestiona el profesor John Waller
de la Universidad de Michigan en su
libro “A Time to Dance, a Time to Die”,
de que los danzantes lo hicieran por
voluntad propia.
Otros estudiosos han recurrido al
cornezuelo (también conocido como ergot)
para explicar las epidemias. Los
partidarios de esta hipótesis sostienen
que los enfermos podrían haber consumido
pan contaminado con este hongo que
contiene sustancias psicotrópicas.
Durante la Edad Media, las
intoxicaciones con él eran muy
frecuentes. El ergotismo, en aquel
tiempo conocido como el “fuego de San
Antonio”, podía producir necrosis de los
tejidos y
gangrena en las extremidades. Muchos
conseguían sobrevivir, pero quedaban
mutilados de por vida, en algunos casos
perdiendo todas sus extremidades.
Sin embargo, en la actualidad, se ha
llegado a un cierto consenso entre
psicología, historia y antropología, y
la mayoría de los que han estudiado la
cuestión defiende que las verdaderas
causas de las plagas de baile, así como
las oleadas de posesiones en los
conventos de Europa, eran más
psicológicas y culturales que
fisiológicas. Según esta versión, las
epidemias habrían sido el resultado de
un trastorno psicogénico masivo, un tipo
de histeria colectiva que acostumbra a
aparecer después de largos periodos de
angustia y tensión.
Uno de los motivos más importantes que
les permite argumentar así es la falta
de auto-control que mostraban los
afectados. Según Waller, defensor
también de esta versión, este
comportamiento podría ser debido a que
los danzantes habían caído en un estado
de trance disociativo y presentaban un
estado de consciencia alterado. De no
ser así, es difícil de entender que
alguien pudiera bailar durante días,
hasta tener los pies magullados y
sangrando, y no parar. Durante la
epidemia de 1374, los testimonios
coinciden en señalar que los bailarines
no parecían totalmente conscientes, sino
que mostraban una actitud frenética y
salvaje, poseídos por sus visiones.
Waller reconoce que es factible que el
cornezuelo pudiera haber inducido las
alucinaciones y convulsiones, pero cree
bastante difícil que fuera este hongo el
causante de las interminables maratones
de baile, puesto que uno de los síntomas
del ergotismo es la reducción de la
cantidad de sangre que llega hasta las
extremidades, lo cual, aparte de
producir fuertes dolores, dificulta
moverse y, por supuesto, bailar.
Waller achaca la irrupción de la
epidemia de baile al contexto cultural y
social de la época general y, en
particular, a la situación extrema por
la que pasaba Estrasburgo. Se trataba de
una sociedad demasiado susceptible a la
influencia de santos y demonios, lo que
la convertía en terreno abonado para la
aparición de supersticiones, miedos y
falsas creencias. Se creía, por ejemplo,
que si alguien provocaba la ira de San
Vito, el santo enviaría una epidemia del
baile compulsivo que lleva su nombre
(¿?). Según Waller, los ciudadanos de
Estrasburgo, antes del estallido,
estaban convencidos, de alguna manera,
que la ira del santo se había desatado
sobre la ciudad.
De esta manera, los más vulnerables
comenzaron a temer la posibilidad de ser
presa de esa maldición, y eso los
convirtió en más propensos a caer en un
estado de trance involuntario. Un estado
que en grupos sometidos a una situación
de angustia y temor, como era el caso,
puede resultar extremadamente
contagioso. Además, en este caso, la
decisión de las autoridades de reunir a
todos los afectados y hacerlos bailar en
las partes más bulliciosas de la ciudad,
no hizo sino que facilitar este
contagio, ayudando a que la epidemia se
extendiera sin control. Todo lo
contrario de lo que recomiendan los
expertos en la actualidad.
Cuando una persona entraba en trance,
aunque era de forma involuntaria,
actuaba como se esperaba de los
afectados por la maldición, bailando de
manera descontrolada durante días. Y, a
cada nueva persona “poseída”, los que
quedaban, más convencidos estaban que la
maldición era una realidad.
En definitiva, según Waller, todo fue
una consecuencia de la desesperación, la
devoción y, sobre todo, de la sugestión.
Así, la plaga comenzó a perder fuerza al
mismo tiempo que las creencias
sobrenaturales que la habían producido
comenzaron a perderla. Durante la década
siguiente, la ciudad de Estrasburgo se
convirtió al protestantismo y dejó de
ser susceptible, según Waller, a este
tipo de epidemias al abandonar la
adoración de santos.
Fuente: ABC.es