La Segregación Encubierta

por Jorge Slachevsky Czuckerman

Durante las últimas semanas hemos podido observar en los medios de comunicación la cobertura especial que se le ha brindado al tema de la segregación. Han aparecido artículos denunciando lo sucedido en un condominio en Chicureo, barrio capitalino, donde en se les prohíbe a las asesoras del hogar caminar por las calles. También leímos acerca de una persona obesa a la que se le pidió salir de una piscina pública por usar un traje de baño que incomodaba a los encargados del recinto. Además se está proyectando la película “Destinos cruzados”, la cual relata la situación de una criada, ambientada en el sur profundo de los Estados Unidos de los años 60, a la cual se le impedía usar los baños de sus patrones con el pretexto de que su raza “adolecía” de algunas enfermedades desconocidas que podían ser transmitidas a los niños de la casa.

La parasha Bo, Ve, también relata un caso de discriminación, ocurrido hace 3300 años, que afectó al pueblo hebreo en los momentos que residía en las tierras de Egipto. Por circunstancias que solo conocemos por la lectura de la Torah, los hijos de Jacob se establecieron 400 años antes del relato en la fértil tierra de Egipto. Desconocemos las razones, pero tal como aparece descrito en la Torah, los hebreos perdieron en algún momento su libertad y fueron obligados a trabajar como esclavos en la construcción de las obras monumentales del Faraón. Con estas últimas se pretendía mostrar, tanto al pueblo como al mundo circundante, el alto nivel tecnológico alcanzado por la civilización egipcia y el progreso y la prosperidad que dicho avance había traído a sus habitantes. Una situación similar, pasar de aceptados a acosados, le ocurrió a los judíos en Alemania y en Europa Oriental, pero ese es el tema de otra crónica.

El progreso egipcio se sustentaba, entre muchos otros factores, en la segregación que proveía de obra de mano abundante y barata a la economía de la nación. Unos pocos, los afortunados, gozaban del progreso groseramente exhibido. Otros, los muchos, los desposeídos, los esclavos sometidos al trabajo forzado, solo gozaban de lo indispensable a cambio de su esfuerzo. Sus chozas se mantenían a cubierto de la vista de los ocasionales visitantes.

Moisés, personaje de origen hebreo, pero criado como príncipe en la corte faraónica, descubrió su vocación libertaria al ver a un supervisor egipcio castigando a un esclavo hebreo. Obligado a abandonar su buen pasar palaciego, impulsado por un temperamento traicionero que lo condujo al asesinato, debe huir al exilio. Después de muchos años viviendo con un grupo de pastores nómades que lo acogió, es requerido por Hashem en una misión especial: liberar a su pueblo de la esclavitud.

En la parasha anterior, Vaerá, Moisés y su hermano Aarón le solicitan al Faraón que libere a los hebreos de la servidumbre que los afectaba. Vaerá narra con lujo de detalles las primeras siete plagas que Hashem infringió a Egipto en su intento para obligar al Faraón a que liberara a los hebreos. Parece que la omnipotencia divina no quería recurrir al simple recurso de cambiar la voluntad del Faraón. La explicación de esta negativa quedará pendiente para aparecer en el primer versículo de la parasha siguiente, Bo. Cada plaga producía grandes calamidades al pueblo egipcio, que debía aceptar sus consecuencias sin poder hacer nada al respecto. Solamente el Faraón podía liberar a los hebreos, pero permanecía incólume frente al sufrimiento de sus súbditos. Su codicia era más fuerte que su piedad.

En una primera lectura de la parasha Bo parece ser que la separación con la parasha anterior estaba sujeta al capricho de un señor de algún siglo ya olvidado quien, doblegado sobre su lectura, con su larga barba blanca, producto de años de erudición bíblica, había diferenciado ambas parashyot producto de una decisión aleatoria. Total, ¿Por qué hacer que las tres últimas plagas merezcan un capítulo aparte?

La explicación es sencilla, aunque antojadiza. Por eso pido mil disculpas a mis lectores. Según mi entender, la parasha Vaerá recuenta la consecuencia de las primeras siete plagas como un episodio histórico que ocurrió hace 3300 y que solo sirve para servir de marco ilustratorio a la parasha Bo. Esta a su vez, con el recuento de las tres últimas plagas, nos entrega un relato que mantiene su vigencia, adaptada a los tiempos y lenguaje vigentes, para ser aprovechada en todos los siglos posteriores a esa ocasión.

En su comentario de la parasha anterior, Vaerá, el rabino Jaim planteó un concepto bien interesante. Permite actualizar la parasha Bo y hacerla plenamente presente en el tema denunciado al inicio de esta columna. Para Jaim, el Faraón no es un personaje histórico que endureció su corazón frente a la petición de Moisés. El faraón (con minúscula) es una fuerza que aparece en nuestro interior y que, en forma similar al relato bíblico, endurece nuestro corazón y nos ciega frente a las vicisitudes de aquellos cuyo destino no afecta nuestro buen pasar. Eso hace que para contrarrestar su efecto debamos descubrir a nuestro Moisés interior, que al permitir liberarnos de los nuestro propio faraón, nos evita conducirnos por actitudes reñidas con las normas impuestas por la sociedad.

Las tres últimas plagas constituyen otros tantos azotes materiales que afectaron gravemente a los egipcios. Tan espectacular fue su efecto que finalmente el Faraón accedió a liberar a los hebreos esclavos en su territorio. En la actualidad, las enseñanzas simbólicas de las plagas constituyen caminos prácticos con los cuales podemos derrotar a ese faraón que nos esclaviza con sus exigencias.

La primera de ellas, las langostas, que abrumaron con el hambre a los egipcios al consumir sus cosechas y vaciar sus bodegas, representa la lucha contra los instintos primordiales humanos que, con tal de asegurar su sobrevivencia y reproducción, discriminan a los menos capacitados, negándoles el derecho de participar del bienestar que les permitiría prosperar en situaciones normales.

Las enseñanzas de esta plaga le permiten a nuestro Moisés reconocer los instintos que están perjudicando nuestra convivencia armoniosa. Utilizando la analogía de las langostas, dispondrá de las herramientas necesarias para debilitar los instintos que fortalecen al faraón cuando intenta hacer prevalecer sus objetivos egoístas.

La segunda plaga, la oscuridad total durante tres días, tenía la finalidad de reducir las defensas psicológicas de los egipcios. Privados de la vista fueron fácilmente presas del pánico y redujo la determinación del Faraón de mantener a los hebreos esclavizados.

Otra vez nuestro Moisés interior puede utilizar las enseñanzas de la oscuridad total para lograr nuestra propia liberación. Exaltamos habitualmente nuestras convicciones arraigadas con el fin de convencernos que son las correctas para lograr nuestros objetivos arcaicos. Ahora ya no las necesitaríamos tanto. La alegoría de la oscuridad total permite volver a debilitar a nuestro faraón interno, el cual al no estar tan seguro de cual es el camino que debe tomar podrá buscar nuevas alternativas, entre ellas, el abandono de la discriminación como fuente de la sobrevivencia individual.

La tercera plaga, la más abrumadora, es la muerte de los primogénitos. Su consecuencia afectó las emociones de los egipcios. Nada podría demoler más las defensas del Faraón. Según su religión la primogenitura establecía la senda de la tradición. Su desaparición desestabilizaba el futuro de su sociedad. Al atacar el fundamento emocional de su existencia Hashem propinó un golpe mortal al Faraón que autorizó la salida de los hebreos de la esclavitud.

Nuestro Moisés interior debe reducir las bases emocionales negativas que fortalecen a nuestro propio faraón. Mi formación como hombre me inclina a eliminar las emociones negativas en vez de integrarlas. Mi amiga y psicóloga Pati, cuando escuchó estos comentarios, no dudó en aclararme que las emociones no deben ser descartadas, ya que su presencia es importante en la construcción de nuestra personalidad. Lástima que esta página es una crónica y no una mesa redonda, ya que esta última me permitiría escuchar más comentarios femeninos, con los cuales me formaría una opinión más inclusiva, que no excluyera a un segmento de la población por razones de género.

Con las enseñanzas derivadas de las tres plagas lograremos reducir el poder del faraón que habita en nuestro ser. Pero, como es de todos sabido, esta enseñanza se habría perdido en el transcurrir de los tiempos si no fuese por otros tres conceptos que aparecen graficados en el primer versículo de la parasha Bo.

El primero de ellos es la afirmación de que Hashem endureció el corazón del Faraón. ¡Que implicancia simbólica tiene esta frase aparentemente sin mayor trascendencia! Si no apareciera en la Torah significaría que el Faraón sería intrínsicamente malo y que ninguna acción humana podría ablandar su corazón. Fundamentaría la presunción del pecado original que debe ser redimido por medio del bautismo, como afirman los cristianos. Pero nuestra parasha nos señala lo contrario, el endurecimiento de corazón es una situación temporal que puede ser revertida por una acción decisiva, como lo fueron las plagas descritas en la parasha Bo.

En relación al faraón interno ocurre exactamente lo mismo. También una fuerza no consciente, nuestros instintos primigenios, endurecen nuestro corazón y opacan nuestras decisiones. Hace falta que nuestro Moisés interior someta al faraón a las tres plagas, adaptadas al lenguaje psicológico en boga, para que el faraón desista de mantener una postura que, en definitiva, perjudica a su anfitrión.

El segundo concepto esta relacionado con quienes deberían ser los designados para erradicar la dureza que anida en el corazón de la sociedad. La parasha Bo, que narra acontecimientos anteriores a la construcción del Templo de Jerusalén, es enfática en señalar que todos los judíos, sin ningún tipo de segregación, deberían participar en esa labor tan necesaria para la paz social. No ocurre lo mismo en la sociedad egipcia que, al igual que todas las demás concepciones politeístas, permiten participar solo los hombres adultos en esa actividad. Ese es el motivo por el que el Faraón, tras sufrir la plaga de las langostas, decide dejar salir sólo a los hombres para que efectúen el servicio que había solicitado Hashem. El Faraón se siente perplejo ante el pedido de Moisés, el de que los jóvenes y ancianos, hijos e hijas, deberían ser autorizados a salir para participar juntos en el servicio a la divinidad, tal como ocurre actualmente en las sinagogas en las cuales participamos activamente. Para los judíos esto cambió radicalmente tras la construcción del Templo, ya que se instauró oficialmente la segregación. Se dividió al pueblo en Kohen, Levi e Israel, estando los dos primeros autorizados a participar activamente en los servicios, mientras que los terceros solo podían participar pasivamente.

El tercer concepto, piedra fundamental para la nación hebrea desde sus inicios hasta el judaísmo actual, es la obligación de trasmitir los mandamientos y enseñanzas de la parashyot Vaerá y Bo a las generaciones venideras. La segunda parte de la parasha Bo enumera todas las Mitzvot que debe cumplir el pueblo hebreo para recordar fielmente la salida de Egipto. También señala que cada generación debe trasmitir a la siguiente que, tal como fuimos segregados por el Faraón al someternos a la esclavitud, debemos liberarnos de los faraones que nos dominan, incluyendo el interno. Debemos glorificar a Moisés, el bíblico o el que habita en nuestro interior, que simboliza el único poder que algún día puede derrotar la segregación encubierta en nuestra sociedad.

Después de todo lo comentado no creo que le quede ninguna duda a los lectores: la parasha Bo es una de las más importantes de la Torah a pesar del corto nombre con la que la conocemos.

Veseata Dishmaya



 

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