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Por
qué hay que recordar la Shoah

por
Adolfo García Ortega
Hay
más de un millón de niños judíos que, de no
haber existido la Shoah, ni la Solución Final,
ni haber sido asesinados industrialmente, hoy
tendrían entre 65 y 80 años. Sus vidas habrían
estado llenas de cosas buenas o de cosas malas,
no se puede saber, porque es absurdo pretender
saber cómo habría sido la historia de lo que
nunca ocurrió. Lo que sí es cierto es que las
vidas que no vivieron, los hijos que no
tuvieron, las enseñanzas que no adquirieron, los
amores que se perdieron, todo eso es vida que
les fue impedida, arrebatada y eliminada por ser
única y exclusivamente judíos. Si incluimos a
los adultos, podemos elevar el número hasta el
conocido referente de los seis millones.
Este es un hecho sin paliativos. Es un hecho
atroz. Cada 27 de enero, en buena parte del
mundo, se recuerda la Shoah como la extrema
barbarie conscientemente genocida. Y es justo
que se recuerde, y que se haga con toda la
lucidez y toda la puesta en presente de la
memoria, para evitar por encima de todo el
olvido, y por tanto la condena a la posible
repetición en el futuro. Y, lo que es peor, la
desnaturalización de su realidad, rebajándole
intensidad a la Shoah, despachándola a la
lejanía de la noche de los tiempos como una
parte más de la sangrienta pero ajena Historia,
es decir, banalizándola.
En los últimos años las aberrantes teorías del
negacionismo han cobrado un peso demasiado
grande, hasta el punto de dárseles un rango
intelectual plausible. Se suman a otra
corriente, mucho más común por ser considerada
“mera opinión bienintencionada”, según la cual
se abusa de la exhibición del Holocausto, se
considera que ha devenido en una mezcla de
negocio y espectáculo, como si se magnificara
con fines involutivos y no evolutivos, de manera
que, cual cortina de humo, permitiera justificar
un trágico y permanente inmovilismo. Como si la
Shoah diera justificación a los judíos –¡cómo
no!–, por la vía de la compensación moral, para
llevar a cabo, con total impunidad, sus
aspiraciones de autoafirmación política. Dicho
de otro modo: como si el Holocausto fuese una
tragedia tras de la que se amparan los horrores
del actual Israel. De nuevo se vuelve a censurar
a un pueblo, el judío, por el mero hecho de
serlo. De nuevo se trata de minimizar su
asesinato colectivo por le hecho de ser judías
las víctimas.
Es obvio que estas corrientes, más o menos
extendidas, totalmente simplistas pero nada
inocentes, de minimizar el Holocausto tratando
de restarle vigencia y razón a su recuerdo, hay
que considerarlas dentro del actual contexto
socio-político, marcado por un crecimiento del
antisemitismo en todo el mundo bajo capa de
antiisraelismo. Esto es motivo de debate,
obviamente, y no significa que responda a una
generalización sin matices. Los intelectuales no
dejan de escribir sobre esto en periódicos,
foros y ámbitos donde, por desgracia, siempre se
acaba coligiendo un desafecto hacia el mundo
judío, reproduciéndose los clichés más burdos
que, precisamente, condujeron a la Shoah.
Se me ocurren tres razones para recordar la
Shoah. La primera de todas es la de recordarla
en sí misma por el hecho terrible que fue. No es
justo compararla con ningún otro hecho, anterior
o posterior. Tal vez no se encuentren iguales. Y
no debería haber nada que reprochar al hecho de
que sus agonistas principales, el pueblo judío,
esgriman su derecho al recuerdo. Y lo esgriman
con energía, en voz muy alta, empleando todos
los cauces institucionales y culturales que
considere necesarios, pidiendo a los países que
basan su democracia en el Estado de derecho que
se unan a su acto de recuerdo. Que lo pidan con
la fuerza de la vida porque es un pueblo que ha
sido, durante siglos, empujado en la puerta de
la muerte. Y a eso dijo en su momento “¡basta!”.
Su voluntad de recordar la Shoah ha de verse,
sobre todo, como una magnífica afirmación de
vida y de existencia en el concierto de los
pueblos y de las naciones. Y aunque algunos,
incluidos políticos e intelectuales judíos,
israelíes o no, utilicen el Holocausto como
argumento de su propia necedad, eso no invalida
en absoluto la fuerza moral que el pueblo judío,
como colectivo supranacional, tiene para que no
se olvide ni uno solo de los nombres de los
asesinados. En honor de ese recuerdo se creó el
Yad Vashem, premio Príncipe de Asturias de la
Concordia.
La segunda razón para recordar la Shoah es que
es un hecho que excede a los judíos. El
Holocausto, como también las matanzas del
estalinismo, o las del genocidio camboyano o el
ruandés o cualquier otro de características
similares en cuanto a planificación de
eliminación de un pueblo, son responsabilidad de
toda la humanidad. Son verdadero patrimonio de
la historia planetaria. Y debemos recordarlo
porque nos implica como cómplices.
Y esto me lleva a la tercera razón para el
recuerdo: evitar la ignorancia y la simplicidad
con que se analizan los asuntos relativos a una
de las consecuencias derivadas justamente de la
Shoah, la existencia del Estado de Israel, una
existencia que, aunque tuvo que conquistarse por
la sangre y el fuego de toda independencia,
nació legitimada por la voluntad judía de no
tolerar jamás la repetición del Holocausto. Hoy
en día la ignorancia procede del
desconocimiento. Y el desconocimiento nace de la
confusión.
En un mundo y un momento histórico de cambio,
cuando la ley de la historia dicta el mestizaje
y la convivencia de razas y culturas, es
necesario que se evite a toda costa la
deshumanización de pueblos enteros, la anulación
de razas y religiones por el mero hecho de ser
lo que son y de ser otros. Pero no hay que
olvidar que todavía, por increíble que parezca,
en muchos, muchos países del mundo la palabra
judío sigue significando lo que significaba para
quienes perpetraron la Shoah. Por eso,
recordemos siempre la Shoah.
Adolfo García Ortega es escritor. Su última
novela es ‘El mapa de la vida’ (Seix Barral)
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