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Yom
Ha Shoá

En Auschwitz alguien escribió en la pared una
pequeña poesía; me dijeron que hablaba del amor
por Pilar Rahola
Quizás la vida es como Benigni la imaginó, bella
incluso en el horror. Quizás ese niño pequeño,
arrancado de su pueblecito de Hungría, o de su
barrio en alguna ciudad polaca, o de la calle
alemana donde su familia había vivido durante
generaciones, quizás encontró algo de belleza en
la ternura que la madre lo abrazaba, en el tren
que lo trasladaba, como ganado, a la muerte.
Quizás ese hombre que conocí en São Paulo, y que
fue obligado a tocar el violín mientras mataban
a toda su familia, primero los padres, después
los hermanos pequeños, los abuelos, quizás aún
conserva, en algún rincón de la memoria, la
belleza de la música. Quizás.
Quizás hubo algún instante de belleza en los
catres infrahumanos donde se amontonaban
espectros vivos que un día habían sido personas,
con sus vidas, sus emociones, sus recuerdos. En
Auschwitz alguien había escrito, en la pared,
una pequeña poesía. Me dijeron que hablaba del
amor. Y puede que hubiera algo de belleza en
algún momento del corto recorrido, desnudos,
hasta la cámara de gas, quizás un recuerdo
bonito, el día de la boda, cuando nació el
primer hijo, la bar mitzva del mayor, un
recuerdo fugaz antes de ahogar el último
suspiro. Quizás, en el agujero más negro de la
maldad organizada, planificada, con millones de
personas convirtiéndose en humo, zas, en pocos
minutos, sus vidas, sus historias de
generaciones, sus conocimientos, sus anhelos,
sus rezos, zas, todo humo y, a pesar de ello,
quizás hubo algún momento de belleza. Entre la
vida y el humo, puede que Dios tuviera una
palabra, y fuera poesía.
Quizás ese médico que salvaba vidas y ahora veía
la muerte industrial ante sus ojos, antes de
encontrarse con ella, quizás, a pesar de todo,
aún creía en la vida. Quizás la belleza estuvo
en un momento de piedad, una mirada del
guardián, un segundo de humanidad, fugaz, pero
real. Y hubo belleza, mucha, en aquel hombre que
se negó a comer porque se veía cerca de la
muerte y quería que otros vivieran con su
mendrugo. En su pueblo de Grecia había sido
panadero. Y a pesar de tantos pesares, ¡qué
belleza en las fotos del Museu del Holocausto de
Washington, centenares de fotos de vida, bodas,
fiestas, caras alegres, esbozos de vida que
fueron y ya no son, recuperados del naufragio.
Aunque están colgadas en unas paredes que tienen
forma de chimenea. Y sí, había mucha belleza en
aquella abuela que conocí en Cali y que, nada
más llegar a Colombia, se había negado a hablar
su idioma, el polaco, y nunca había querido
recordar el horror. Pero recuperó el idioma
cuando explicó la Shoá, décadas después, a sus
nietos. Y la belleza de la velita solitaria que,
en el Memorial del Niño de Jerusalén, recuerda
el millón de niños que murieron en los campos de
exterminio.
Sí. Hay belleza en la muerte. Solo porque los
que quedaron vivos retornan, del humo, a los
muertos. Never forget!
Fuente: La Vanguardia. Barcelona.
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