¡Son nuestros hijos!

por Merav Betito
Fue mi hijo a quien
agarraron por los pies, lo golpearon salvajemente, lo apuñalaron con
un cuchillo en su vientre, le quebraron una mano y lo arrojaron al
mar desde la cubierta más alta.
Fue mi hijo quien se espantó al descubrir que los amantes de la paz,
los inocentes muchachos en el barco - esos que seguramente visten
una remera con la imagen del Che y escuchan la música de Bob Marley
- son una jauría de lobos que se cubren con la capa de Caperucita
Roja.
Fue mi hijo, un chico capaz de entregarse totalmente desde cuarto
grado para poder llegar un día a alistarse en el comando marítimo,
el más feliz de los hombres cuando aprobó las materias que muy pocos
llegan a superar; el mismo que llega a casa los viernes sólo para
abrazarme y besarme porque me acordé de prepararle la milanesa que
tanto le gusta.
Fue mi hijo a quien atacaron con cuchillos, machetes y hachas,
después que lo equiparon con un fusil y le explicaron una y mil
veces que hiciera lo imposible por actuar con suavidad con la flota
de la paz, porque si llegara a perder el control, todo el mundo se
levantaría contra nosotros.
Fue mi hijo, el que yo di a luz, eduqué y envié a Tzáhal, quien
sintió realmente que esta es una misión nacional importante, y que
debe hacer todo lo posible para no decepcionar a sus comandantes, a
sus compañeros, a su jefe, al ministro de Seguridad y a su madre.
Como una cachetada sonora que cae sobre el caminante en una
bocacalle oscura, llega de repente ese reconocimiento. Como la
descarga de la primera lluvia después de un año de sequía: aquellos
acostumbrados al apodo "soldados de Tzáhal", son nuestros hijos, los
que hicimos a nuestra imagen y semejanza.
Ellos son nosotros, son nuestra esperanza, nuestros deseos y
nuestros sueños.
Exactamente a ellos les queremos, por ellos oramos, de ellos nos
sentimos orgullosos.
¿Y ahora? Ahora a abrazarlos, amarlos, acariciarlos y apaciguarlos.
Decirles que siempre estaremos con ellos. Recordarles que el
uniforme y el rango no nos impresionan, que nosotros no nos
asustamos de sus manos ampolladas por el esfuerzo, que no nos
impresionamos por la pintura en sus rostros antes de salir a algún
operativo peligroso.
Explicar una y otra vez que lo que sucede actualmente en las
Naciones Unidas, en los canales de televisión en todo el mundo y en
los gabinetes cerrados, de ningún modo está relacionado con ellos.
Mirarles a los ojos y decirles, exactamente como lo hacíamos cuando
tenían cuatro años, después que se les cayó un vaso y se rompió: "No
importa lo que pasó; nosotros los amamos, ustedes son nuestros
hijos".
Fuente: fororevista.com