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El universo de Tevie El Lechero
por Sergio Sinay
Entre las maravillosas criaturas inmortalizadas por Sholem Aleijem,
Tevie El lechero es, como el mismo autor lo confesara, su personaje
preferido. En él vuelca su caudaloso cariño por la gente de espíritu
limpio y manos trabajadas, a través de él trasmite lo más
sustancioso de la sabiduría que bebiera en las fuentes del pueblo, y
a él retorna una y otra vez- en narraciones espaciadas a lo largo de
más de veinte años- cuando tiene necesidad de expresar sus
inquietudes ideológicas o exponer su concepción filosófica del
mundo. Sueña con Eretz Israel, pero cuando lo expulsan de su aldea natal ucraniana- ¿ donde vio usted un cielo tan azul y árboles como éstos?- quiere tumbarse en la tierra, hundir sus manos en ella y besarla. Sholem Aleijem no fue acumulando caprichosamente ni fortuitamente las desdichas sobre su querido personaje. Cada prueba que soporta Tevie trasunta un pronunciamiento sobre cuestiones de fondo que trascienden el drama personal y afectan los fundamentos de una forma de vida anquilosada y tradiciones y concepciones envejecidas. La hija que rechaza el partido rico escogido por los padres para defender su amor por el sastrecillo indigente, rompe con ancestrales hábitos matrimoniales e introduce un elemento renovador en las relaciones entre padres e hijos – Hijos de hoy-. La hija que abandona el hogar paterno para compartir su vida con el muchacho no judío, arremete contra seculares prejuicios nacionales y religiosos. Y no es casual que se aquí donde Tevie – desgarrado por el dolor, pero más , por la vergüenza-, se formule este interrogante cardinal: ¿ Por que creó d-os judíos y no judíos. Y ya que los creó, ¿ por que han de estar aíslados los unos de los otros, como si unos fueran de d-os y los otros no lo fueran?. La hija que se suicida como consecuencia de su amor imposible y su idilio trunco con el hijo de judíos ricos, denuncia la existencia de barreras sociales, mucho más decisivas y trágicas, entre los propios judíos, que las nacional religiosas que el prejuicio levantara artificialmente entre judíos y no judíos. La hija que se casa con el rico concesionario- el futuro que el padre soñara infructuosamente para sus hijas mayores-, le enseña a Tevie que el amor está por encima del dinero. Cuan feliz le parece entonces la hija Tzéitel, a quien le falta casi siempre el pan, pero a quien- no puede irle mejor- porque tiene a su querido Mótel a su lado; o la hija de Hódel, allá en los quintos infiernos, lavando y viendo una vez por semana a su marido preso, comparándolas con la hija rica que se consume lentamente entre mullidas alfombras y cientos de relojes y espejos. Y en fin, el episodio del pogrom destaca la estrecha convivencia y la confraternización de Tevie con sus vecinos no judíos como la coraza natural contra el odio y la persecución desatados por el poder absolutista. Todas estas vicisitudes, Tevie se las cuenta al autor en monólogos de genuino sabor popular y generosos de humor diáfano y lúcido. Hay autenticidad de pueblo en cada giro, en el copioso refranero, en la cita bíblica o talmúdica glosada maliciosa o irreverentemente. Es tan auténticamente pueblo que pareciera que Shólem Aléijem se hubiese limitado, en realidad, a transcribir lo que un Tevie verdadero y vivo le fuera confiado en sus espaciados encuentros. He aquí la calidad artística del autor y la profundidad humana del personaje. Tanto que, siendo judío por los cuatro costados, Tevie se evade de su carnura típica para identificarse, por encima de diferencias raciales, nacionales o religiosas, con todos los que sufren injusticias y tienen fe en un mañana mejor.
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