La tradición de
sobrevivir a nosotros mismos

(o de lo que aconteció entre dos facciones irreconciliables de
una sinagoga)
por L. Conde
Era viernes a la
tarde y las familias se apuraban para dejar todo listo en la
casa antes de acudir a la sinagoga. La familia Lewynski, los
Cohen, los Toledo, los Laor,… todos, doce familias en total.
Esto era así porque habían sido deportados de diferentes lugares
hacía apenas unos meses a un país donde los únicos judíos eran
ellos y no tenían más que una sinagoga…. De momento.
El ambiente estaba raro desde el anterior Shabat Miketz, que
coincidió con la Janucá, en que la Sra. Toledo hizo una
interpretación muy suigéneris sobre el sueño de José, el relato
en que las gavillas de sus once hermanos se postran ante su
gavilla reconociendo así su supremacía. Tal como lo dijo la Sra.
Toledo fue entendido de muy diferente manera por sus partidarios
y por sus detractores. No hay que olvidar que la Sra. Toledo era
del estilo: “A ver por qué no se me valora más a mí, con lo que
yo he hecho por todos ustedes, ay, si no fuera por mí”. El Sr.
Toledo callaba porque tenía una experiencia de treinta años y
sabía que de lo que se trababa no era de argumentar si no de
aguantar la racha y en unos días ya se pondría bien, en cuanto
fuera a la peluquería y encontrara otra manera de entretenerse.
Pero, claro, a los demás les faltaba ese y muchos datos de la
Sra. Toledo y de todos en general. En realidad acababan de
conocerse y aunque les unía el Shalom, les separaba el “Buenos
días, te has fijado cómo va vestida la Sra. Cohen hoy?”, que es
un no decir nada suponiéndolo todo. O la otra modalidad “El
negocio de Lewynski va mejor que el nuestro. A ver qué haces,
Abraham.” que es como decir “Vales menos que él pero conmigo no
cuentes que ya bastante tengo con estar al lado de un
fracasado”, y también una manera de fastidiar porque a mí me da
la gana. Al final seis familias frecuentaban un restaurante, las
otras cinco se hicieron socias del Country Club. El rabino y su
familia paseaban por la alameda a pesar del tiempo inclemente.
Así las cosas, con ese runrún sordo, llegaron a la sinagoga el
aciago viernes de Vayigash.
Y fue durante una de las últimas oraciones, justo cuando el
rabino la estaba recitando, en que la mitad de la congregación
se puso de pie y la otra mitad permaneció sentada. La mitad que
se quedó sentada empezó a gritarle a los que se pusieron de pie
para que se sentaran, y la mitad que se puso de pié empezó a
gritarle a los otros para que se levantaran.
El Rabino no sabía qué hacer. Intentaba contemporizar pero nadie
estaba por la labor. Al final se retiró a su casa y se puso una
bolsa de hielo en la cabeza. A la semana siguiente ocurrió lo
mismo pero más encarnizado. Reunió a la congregación porque así
no se podía seguir y sugirió consultar a su anciano maestro, un
sabio de 98 años, que vivía en el país vecino. El Rabino
esperaba sinceramente que el anciano estuviera en condiciones de
contar cómo era la tradición en su tiempo, y pensando en eso
emprendió el viaje acompañado de un representante de cada
facción en que se hallaba dividida la congregación.
Cuando se encontraban en la habitación del viejo sabio, el
representante de los que se pusieron de pie le preguntó si es
tradición ponerse de pie cuando se reza esa oración.
El anciano respondió: "No. Ésa no es la tradición".
El representante de los que se habían quedado sentados,
esgrimiendo una sonrisa victoriosa en los labios, afirmó:
"Entonces la tradición es permanecer sentado!"…
A lo que el sabio contestó: "No, esa no es la tradición"
Entonces el Rabino le dijo al hombre sabio: "Pero es que hay
peleas constantes; los que se ponen de pie le gritan a los que
se quedan sentados y viceversa, y eso...
El sabio interrumpió al rabino antes que terminara de hablar y
exclamó: "esa es la tradición!"
Miles de años así y sobrevivimos. Pero el ejercicio más duro a
veces es sobrevivir a nosotros mismos.