Una parábola

Y esta parábola la contó a algunos que, confiando en sí mismos, se creían justos y despreciaban a los demás. (Lucas 18:9)

por David Mandel

En una ciudad, hace mucho, mucho tiempo, vivía una familia judía, ni rica ni pobre. El hombre era honesto, trabajador, buen esposo y buen padre. La mujer era una excelente esposa y una madre cariñosa. Los hijos, tres muchachos y una niña, eran estudiosos, considerados y sentían respeto y amor a sus padres. Una familia normal, corriente, nada excepcional.

En una casa cercana vivía el alcalde del pueblo. Era católico como todos en el pueblo, excepto la familia judía. El alcalde era laborioso, caritativo, devoto y creyente; hacía todo lo que podía por sus prójimos, de acuerdo a las enseñanzas de su religión. Le daba mucha pena que la familia judía, a la cual él solía ver pasar en el barrio, estaba condenada al infierno, por ser, según le habían enseñado en la iglesia, deicidas, asesinos de Cristo.

Un día, el alcalde no pudo resistir más y fue a hablar con la familia judía. Tocó la puerta y el dueño de casa lo invitó a entrar. Luego de conversar de esto y de aquello, dijo a la familia que debían reconocer la divinidad de Jesús y convertirse al cristianismo pues de lo contrario serían torturados en el infierno durante toda la eternidad. El judío le agradeció su preocupación, y le contestó que él consideraba que Jesús fue un buen hombre, que sus enseñanzas merecían ser seguidas por sus fieles, pero que él continuaría en la religión de sus padres, cumpliendo los mandamientos que Dios dictó a Moisés en la Torah.

El visitante se fue desilusionado, y no pudo evitar sentir cierta antipatía hacia esa terca familia, que no quería comprender el error en el que vivía. Visitó a los judíos un par de veces más, pero siempre con el mismo resultado negativo. La antipatía, gradualmente, se fue convirtiendo en un odio obsesivo.

En esos días ocurrió una desgracia en el pueblo. Un niño desapareció, y a pesar de que se realizaron intensas búsquedas, no fue encontrado. Esto ocurrió en la semana durante la cual la familia judía festejaba su fiesta religiosa de Pesaj. El alcalde, en su mente, relacionó los dos eventos, la desaparición del niño con la fiesta religiosa del judío, y llegó, horrorizado, a la conclusión de que el judío había matado al niño para usar su sangre en un ritual religioso.

Lo hizo arrestar y juzgar por asesinato y blasfemia. El judío negó todos los cargos, pero el alcalde encontró testigos que juraron haberlo visto matar al niño. El acusado fue condenado a morir en la hoguera, su casa fue incendiada por la turba, sus bienes fueron confiscados, su hijo menor fue entregado al cura de la iglesia para que lo eduque en la religión católica, y su esposa y los otros hijos fueron expulsados del pueblo, y nunca más se supo de ellos.

Un par de días antes de la ejecución se produjo un alboroto en el pueblo. El alcalde salió de su casa para averiguar que es lo que pasaba, y le dijeron que el niño había regresado, sano y salvo, contando que, debido a una pelea con sus hermanos, se había escapado al pueblo vecino donde vivían unos parientes.

El alcalde fue a la cárcel e informó al judío que lo exoneraba del crimen del cual él, el alcalde, lo había acusado, juzgado y condenado. Era cierto que su casa había sido incendiada, que el cura se negaba a devolver a su hijo, y que su esposa y sus otros hijos habían sido expulsados del pueblo, pero, lo más importante, el judío había sido exonerado del crimen.

Esa es la parábola.

El Papa Benedicto XVI acaba de publicar un libro en el cual exonera a los judíos del crimen de deicidio. ¿Qué podemos decir? ¿Gracias?

La Iglesia acusó, la Iglesia juzgó, la Iglesia condenó. Cientos de miles murieron por causa de una acusación históricamente falsa. Murieron quemados vivos en la hoguera, fueron torturados, expulsados de sus hogares, las mujeres violadas, muchos fueron convertidos a la fuerza, otros fueron víctimas de pogroms, y finalmente millones fueron exterminados en el Holocausto.

De todos modos, gracias Papa Benedicto por la exoneración. Más vale tarde, aunque sea demasiado tarde, que nunca.


Fuente: Mi Enfoque
 

 

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