Vargas Llosa: el enemigo premiado

por Gustavo Perednik

Que Vargas Llosa es un enemigo de Israel no es mi opinión; es la conclusión inevitable de leer sus artículos que recorren el mundo, disfrazados siempre bajo una aureola de supuesta objetividad, y sazonados con la proverbial humildad que lo caracteriza en el momento de expresar sus veredictos.

Cuando Vargas Llosa exige que se deje “a los historiadores” dirimir si hubo o no Holocausto, maliciosamente convierte en un inocuo debate de “opiniones” lo que en rigor es una patente expresión de judeofobia. El negacionismo no debe ser reprimido por el hecho de que pervierte la verdad histórica, sino porque constituye una forma del odio de grupo y, como tal, conlleva la apología del delito y la incitación a la violencia.

Cuando Vargas Llosa inventa que los sionistas “alegan derechos divinos” retuerce los válidos argumentos de Israel al defender derechos históricos.

Cuando parece admitir que Israel es una democracia respetuosa de los derechos humanos, se apresura a mentir de inmediato: esa democracia es “sólo para los ciudadanos judíos” e Israel se dedica a “torturas indiscriminadas”, por supuesto sin aportar ejemplo alguno.
Cuando elogia que Israel es “uno de los éxitos más notables de la historia contemporánea”, ejemplifica el éxito no con los avances israelíes en medicina, computación o agricultura, sino con su poderío militar y armamento nuclear.

Vargas Llosa es antiisraelí porque ha elegido como referente sobre el país hebreo a uno de los más virulentos judeófobos, Ilán Pappe.

Rechaza que se acuse a éste de comunista, pese a que Pappe integraba la lista comunista a las elecciones de la Knéset. Más aún, Vargas Llosa utiliza a Pappe para socarronamente descalificar una vez más a Israel: “En todo el mundo me ubican en la derecha, pero en Israel me imputan ser izquierdista”. No es así. La realidad es que Israel es el único país del mundo en el que Vargas Llosa se asocia a la ultraizquierda militante. Esa misma corriente que nos entregó a las cuidadosas manos de Arafat, la que nos arrastró al peor baño de sangre de la historia de Israel, mientras Vargas Llosa se condolía por los niños palestinos trabados por controles, pero nunca por los niños hebreos asesinados y mutilados en ómnibus y pizzerías.

De los palestinos, se limita a criticar que “han defendido muy mal su causa”. Pareciera que matar a niños en una fiesta de cumpleaños y luego bailar para festejarlo, es “defender” mal una causa. Vargas Llosa no nos revela la índole de la misteriosa “causa”. Si ésta fuera crear un Estado palestino democrático, pues viene siendo la causa de Israel desde hace siete gobiernos.

Los palestinos no “defienden” su causa, sino que intentan destruir la nuestra, que es la de redimir el desierto y crear una sociedad libre y democrática para el pueblo judío renacido.

He venido siguiendo por quince años el antiisraelismo de Vargas Llosa. El 11 de enero de 1996 respondí en un semanario israelí a su argumento de que los judíos debíamos escarmentar por el asesinato de Rabin por medio de anular el concepto de pueblo elegido (como si por el asesinato de Martin Luther King la cristiandad debía haber revisado su dogma de ser la iglesia elegida).

Su hijo Álvaro ha heredado esa obsesión, y hace un año viajó a Gaza en solidaridad con los palestinos, y en su informe arroja vagas críticas muy generales contra el Hamás para poder luego despacharse con acusaciones muy concretas contra Israel, bajo un lacerante título en el que llama “gueto” al bloqueo de armamentos.

Reitero: que Vargas Llosa es antiisraelí no es mi opinión. Se deduce sin esfuerzos de sus escritos.

Lo que sí se circunscribe a ser opinión mía es que las comunidades judías del mundo no deberían celebrarlo, ni premiarlo, ni concederle estrados desde los que pueda distorsionar sistemáticamente la lucha del Estado hebreo por sobrevivir.

Que haya recibido el Premio Nobel de Literatura no atenúa la situación; la agrava. Knut Hamsun también lo recibió y nunca abandonó sus simpatías por lo peor.
 

Fuente: JAI Uruguay

 

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