Voces inmigrantes en el relato chileno. Una primera aproximación


Fue natural que durante el último tercio del siglo XX se examinara el relato chileno atendiendo a sus marcas ideológicas, recreándose una identidad chilena de carácter más bien estética, paralizada en oposiciones binarias, donde la comunidad se definía desde el ideario de las utopías sociales y contrautopías. En el inicio de este nuevo siglo, cuando las reglas de convivencia social tienden a privilegiar la tolerancia y el libre intercambio de ideas, comienzan a valorarse aquellos relatos chilenos donde nos reconocemos desde una experiencia cultural híbrida, centrada en marcas Étnicas, lingüísticas y subjetivas.. Ya no se busca lo homogéneo, lo inamovible, sino las raíces de nuestra diversidad, sin que ello perturbe nuestras tradiciones, permitiendo, eso sí, un diseño menos determinista de nuestro destino como sujetos de una nación.

Nos interesa estudiar aquellos relatos que inquieren por nuestros orígenes, insistiendo en sus rasgos nativos (por ejemplo, los testimonios mapuches), en sus marcas de exilio y forasterismo (relatos de emigrantes) y, en especial, en sus marcas de evidente extranjería: la experiencia de los inmigrantes, que llegaron hablando otras lenguas y profesando otras religiones, ajenas en principio al espíritu nacional (piénsese en las olas migratorias de alemanes, croatas, italianos, españoles, de chinos, Árabes y judíos, y de otros grupos). Incluso, esa mirada descentrada sobre los diversos registros que constituyen nuestra subjetividad nos permitirá releer la literatura nacional, para descubrir en ella los personajes migrantes que siempre la han animado, quienes no se acomodan en ningún espacio específico (el salón, el barrio, una ciudad), constituyéndose como cuerpos nómades: allá, esos seres solitarios del fin del mundo patagónico de Coloane; allá, Aniceto Hevia, hijo de un ladró, inolvidable personaje de Manuel Rojas, que deambula por las calles de Buenos Aires, Valparaíso y por los desolados parajes nortinos, sin papeles de identidad.

Teniendo presente este marco cultural, presentaremos una primera aproximación a las voces inmigrantes del relato chileno, centrada en las voces árabes y judía. Nos interesa señalar los rasgos que singularizan estas experiencias en los ámbitos de la lengua, la etnia, la religión, la nación y la familia. Hemos elegido estas voces porque constituyen lejos el corpus más numeroso, más diverso y de mayor jerarquía poética en el Ámbito de los textos sobre inmigrantes; muy especialmente si nos remitimos a la producción de las Últimas décadas.

VOCES JUDÍAS

Una rápida revisión de voces judías en el relato chileno nos otorga a lo menos una decena de obras publicadas en la Última década, que incluyen memorias, biografías, novelas y textos de miscelánea, como aquel escrito por Isaac Mordoh Najum sobre los judíos sefardíes (RAE), que incluye el edicto de expulsión de Aragón y Castilla de 1492, datos historiográficos sobre la presencia judía sefardí en Chile, una selección de refranes, una carta inventada de un supuesto inmigrante de principios del siglo XX escrita en ladino, más un vocabulario y otros aditamentos. De este vasto material, pasará a presentar dos relatos: la novela Para siempre en mi memoria (2000), de Sonia Guralnik, y la biografía Sagrada memoria (1996), de Marjorie Agosin.

La novela de Guralnik tiene una rara y laxa composición. Todo ocurre en una pensión judía de un barrio pobretón de Santiago (Recoleta), donde va a parar una ralea de judíos proveniente principalmente de la antigua Rusia y de Polonia. Allᬠlos recibe la señora Gitl, originaria de Kiev, que llega con su esposo Samuel al mismo fin del mundo hacia el año 1929, por temor de las razzias bolcheviques. Así aparece en escena una procesión de seres de edad ya avanzada, todos muy tristes, decaídos y pobres. En realidad, son restos de seres, provenientes de muy diversos tiempos y espacios, que se instalan por una temporada en esta estación de desamparados. La pensión opera como una cavidad virtual, un cuerpo enquistado en un barrio chileno que lo soporta sin grandes prejuicios, el cual contiene, a su vez, a otros judíos, de mayor poder adquisitivo. Uno tiene la impresión de que la pensión judía es un espacio de protección mínimo abierto en cualquier parte del mapa, en cuyo interior los doce pensionistas (como las doce tribus) se apegan mínimamente a ciertos ritos básicos, sin gran convicción.

Sin embargo, quien crea que estamos ante una alegoría de la autodestrucción y que esta historia es la Caída del Hombre, tal cual la imagina Walter Benjamin en los años 20, está¡ redondamente equivocado. Estas vidas serán rezurcidas, parchadas y remendadas como las ropas de los patipelados desde un conjunto de narraciones paródicas que recrean la cultura judía. Así, si los personajes de carne y hueso están viviendo un presente en una cámara vacía, en el cero, su voz comunitaria los devuelve a las series de números positivos que pueden operar un mínimo recuento memorioso, que les señala nuevos destinos.

Pasemos revista a estos llamados a la puerta, cual quinta sinfonía de las desgracias. Los golpes anuncian verdaderos núcleos fragmentados o, si se quiere, reminiscencias de personas: el sastre Marcos Fisher, originario de Besarabia, que perdió a todo su núcleo familiar en los campos de concentración y ahora ocupa una pieza compartida; Genia, la aventurera polaca, una mujer madura "con arrestos de prima dona" ; aunque, como dice el buen Samuel, "no es más que una pobre mujer en el mundo" ; don Jacobo Bernstein, quien dejó a su esposa embarazada en algún lugar del convulsionado mapa europeo, la cual aparece diez años después en el puerto de Valparaíso, ajada y vencida, una mitad convertida en pedazos, que no encaja en la otra mitad masculina que la espera, no con los brazos abiertos, sino de espaldas, figura también encorvada y desconectada del tiempo.

La pensión, ese bolsón afectivo resguardado y nutrido por la señora Gitl, experta hacedora de compota de manzanas, constituye un bastión donde la comunidad judía se empeña en vivir su tradición desde su continuidad y su transformación. Acaso lo que más está en juego es como ejercer el principio de autoridad. Así, un rabino de viejo cuño será expulsado junto con su hijo Benni, por su falta de sensibilidad y excesiva estrictez, siendo remplazado al final del relato por un joven tímido e ingenuo, que enseña religión tocando la katerinca. La potestad masculina, de padres y hermanos mayores, es resentida y parodiada en la anécdota, desde su inicio, por el matrimonio de la joven Gitl: sus dos hermanos descubren a un joven devoto y necesitado de dote en un tren en la convulsionada Rusia de 1918 y se lo endilgan como esposo. Entre otras historias, mencionemos la del papá Rosen, quien encarga un novio a Polonia para su hija enana (mandando una foto trucada, por cierto) o aquella del irascible señor Markus, quien decide rebajar la dote de su hija al saber que se va a casar con un farmacéutico (y no con un profesional de verdad).

Existe una complicidad comunitaria en la voz que recibimos: son historias amonedadas por el humor, desde las variantes del ridículo, el absurdo o el sinsentido. Así por ejemplo, el sentimiento de rechazo hacia una ley demasiado severa e inmisericorde aparece representado en el siguiente entremés: la señora Gitl, con ciertos indicios de menopausia, provoca en la sobremesa al serio y adusto rabino Osias Piltnik, frotándolo contra su cuerpo. Este hombre invulnerable, gran predicador contra la lascivia, se queda en posición firme, lívido, con las manos arriba. Justo en ese momento, se escucha una "débil tosecita" la del marido Samuel, irrumpiendo en el comedor. Los hechos se precipitan. El humilde Samuel, considerado por todos como "el trapero de la señora Gitl", cuya actividad es la de "semanero a crédito”, le comunica a Osias que debe abandonar la pensión (lo cual implica abandonar el país). Cual Nuevo Moisés, este organiza a la comunidad, la cual le financia el viaje de vuelta a Rusia al terrible y latoso rabino. Así este marido, a quien su esposa le recuerda diariamente que está¡ dedicado a las Marías (puesto que vende al fiado a las sirvientas y empleadillas del barrio), escolta al terrible Oseas al puerto de Valparaíso desde donde este regresa al mapa antiguo. De vuelta, la plebe inquiete detalles al héroe: "que si había dado las gracias por los pasajes" , que cuáles habían sido sus Últimas palabras, "que si grita de nuevo que este país era Sodoma y Gomorra" , como efectivamente lo hizo. Y así, al cierre de este pequeño cuento, celebramos humorísticamente la venida de un nuevo orden.

Este cuadro, que aparece en los inicios de la novela, encuentra su complemento en otro dispuesto hacia el final: la llegada de Moshe Baraban,

un joven tartamudo que se gana la vida tocando la katerinca y repartiendo pelotitas de aserrín, con un loro en su hombro. Este tímido personaje, que viste pantalones flotantes de payaso, es, en realidad, un profesor de religión y casi un rabino (salió mal en el Último examen, por lo cual su mujer lo echó de la casa). Al melodioso y nostálgico son de su instrumento, este dulce personaje enseñará la Ley a los nietos judíos de la pensión.

A estas narraciones "del rabino y la dueña," y "del profesor payasín," le siguen otras cómicas y patéticas, como la "del viudo avaro y la aventurera polaca," donde un hombre de oración debe soportar vivir por un tiempo con una mujer casquivana y pendenciera, la cual como provocación ultima le instala en su velador la imagen de la Virgen de Lourdes. La polaca es expulsada de la pensión y el viudo devuelto al barrio de donde venía, reintegrándose así el orden.

Existen también historietas absurdas y macabras, como la "del judío y el nazi," donde alguien sobreviviente del holocausto comparte pieza con un señor muy limpio y metódico, quien muere con su uniforme de la SS puesto y escuchando bandas militares. No obstante, el judío Fisher exige se le entierre bajo la ley mosaica, por considerar que era un hermano que había enloquecido. La historia política chilena irrumpe también en el escenario de la novela a través de la presentación de la historia dramática de Norma, una muchacha judía que rechaza la función de ser la bonita y engreída del barrio, convirtiéndose en una estudiante universitaria y en una luchadora comunista. Muere asesinada durante la Ley Maldita de 1948. El otro cuento trágico, ligado a las efemérides nacionales, se refiere a la muerte de un judío que apenas sabe la lengua, que duerme en la pieza de las escobas y que reparte alegremente del diario comunista El Siglo en el transcurso del año 1973, sin saber nosotros si él entiende bien lo que ello implica. Muerte equívoca, ingenua, un malentendido, como la misma situación de los judíos en la Historia de la Humanidad.

Ahora bien, esta pensión está como suspendida en el aire. Lo nacional apenas se cuela por las rendijas. Norma es del barrio y golpea la puerta para pedir refugio y seguir escapando a otro lugar; mientras que el hombrecito de El Siglo es un mudito alegre, un allegado dispuesto por la misericordia rusa en la pieza de cachivaches. Hay, eso sí, un golpe rotundo, práctico, de pobreza solidaria chilena, que irrumpe con claridad en ese espacio: es la Minduca, lavandera y empleada, ascendida por la nutriente señora Gitl a ama de llaves. Será el contrapunto práctico de la dueña de la pensión, tan llena de remilgos nostálgicos.

Aunque la pensión sea un refugio de las persecuciones sufridas en el Viejo Mundo, paradójicamente funciona también como una borradura en relación al espacio chileno que lo contiene. Es una matriz sin futuro. La señora Gitl aparece como la cuidadora de un cuarto de juegos para nietos abandonados o para senescentes. Sorprendentemente, será por el lado del denostado hombrecito de la casa, el esposo Samuel, aquel que ha salido diariamente durante veinte años a dialogar con las Marías, por el cual se abrirá finalmente un boquete en la pensión y en el corazón de la esposa. Ariel instala un negocio y Gitl decide acompañarlo en esa aventura, renunciando a realizar un viaje nostálgico de vacaciones a su querido lugar natal de Kiev. Y será ella quien le pondrá nombre a ese boliche. Lo llamará "El fin del mundo," justo por lo contrario; porque desde ese momento la historia y la vida entera entrarán en la pensión, en un nuevo génesis, en Chile.

El segundo texto que comentaremos es Sagrada memoria, de Marjorie Agosín, cuyo subtítulo es Reminiscencias de una nieta judía en Chile. Esta obra podría leerse como una autobiografía, en cuanto Frida, madre de Marjorie, recompone fragmentariamente sus vivencias desde la primera persona. Sin embargo, es más correcto leerlo como una biografía sobre Frida, por cuanto Marjorie nos indica expresamente que es ella quien cuenta las vivencias de su madre; lo extraño, eso sí, es que lo hace apropiándose de ese cuerpo y de esa voz. Quien habla es "Yo, Frida;" quien la hace hablar es "Yo, Marjorie, su hija." Aun así, bien puede entenderse también que estamos leyendo una novela personal, ya que existe una mínima equivalencia entre el autor y el narrador: como advertencia, la autora nos dice en la página inicial "no inventé nada, pero tal vez todo" y durante el relato, en más de una ocasión Frida queda suspendida en el aire y solo vemos a la hija.

Ahora bien, esta artificiosidad es signo de un anudamiento de voces culturales, de ecos, que se van retornando a través del tiempo. La voz de la abuela Helena (la dama de Viena, que logró escapar del nazismo) es acogida en el Yo de la mamá Frida (niña que en la pequeña localidad chilena de Osorno era llamada normalmente "perra judía"), que a su vez es acogida en un Nosotros (Tu y Yo, madre e hija), en un relato que recupera en círculos concéntricos los fragmentos de una historia familiar y comunitaria.

Desde el presente, la hija acuna a la madre, le otorga un regazo escritural a sus historias orales, la cura de sus estigmas. No obstante, siempre quedará¡ un resto, una marca indeleble, central, que vuelve a situarse trágicamente en las vidas futuras. Si Osorno de 1938, con sus familias germanas y sus indiecitos subalternos, se asemejaba a cualquier pueblito alemán con los hornos crematorios listos para funcionar, la ciudad de Osorno de 1993 todavía guarda las huellas de su pasado en las fotos de Hitler ofrecidas en las tiendas de antigüedades para adornar la casa. La escritura no está allí entonces para lograr una conciliación, sino para parchar, remendar, dejando la costura a la vista, para dibujar la estrella de David como estigma sagrado.

El relato es bastante fragmentado, operando desde el pegoteo de impresiones recortadas en un lenguaje poético. Frida recupera parcialmente los nombres e historias de su árbol genealógico, en especial la línea materna, cordón umbilical que liga al sujeto con lo sagrado y con los libros, constituyendo estos casas donde como dice la abuela Helena "los judíos podrán habitar unidos como en el reino de los sueños" . Son ramas de la orfandad, amarradas en mínimos recuentos poéticos, a las cuales se les agrega una cartografía precaria: los abuelos provienen de Odessa y Viena; la tía Liesl vivió en Praga antes de trasplantarse a Cochabamba; la señora Schpirman, acogida como refugiada en suelo chileno, nació en Jelem, una localidad judía de Polonia que no sale en los mapas, de la cual salió huyendo despavorida sin su dentadura. Si los lugares de origen tienden a difuminarse por las persecuciones, los lugares de llegada se muestran precarios, prontos a ser borrados o intercambiados. Así, Frida delimita su lugar de nacimiento en estos términos: "nací yo en Tacna, en la frontera de Chile, Bolivia y Perú, en la llanura más desierta de la América”.

Dos son los espacios privilegiados del relato: el puerto de Valparaíso y el poblado o pequeña ciudad de Osorno. El puerto es un espacio libre, donde se puede acumular riqueza y vivir bien; pero este es un frontis engañoso, que no permite imaginar el mal, que es Osorno, más recóndito y por ello, más permanente y con visos de repetición. Arman la memoria de Frida las impresiones de los años 1936-1938 en esa ciudad sureña, cuando asistía a un colegio fiscal (y no a uno alemán, inglés o de las monjas carmelitas) y acompañaba a su padre Joseph a la estación de trenes a recibir a algunos refugiados que habían logrado escapar del nazismo. Los hechos venideros --el holocausto, las continuas separaciones-- aparecen incorporados retroactivamente en esas impresiones tempranas, siendo Osorno el hueco que la memoria tiene que hurgar, volviendo a pasar por su maldición, su escarnio, para incorporarlo como una herida viva.

El trabajo de la memoria es el trabajo con la imagen traumática del holocausto, de revivirlo en la pantalla del recuerdo para asumir la cultura desde ese estigma y de paso enrostrar a la Humanidad su insensatez. Los recuerdos de la vieja Frida de su infancia, los recuerdos que engendraron a la hija están teñidos de situaciones humorísticamente escabrosas, como aquel maniquí de la vitrina del tío Isaak que tiene un solo pie, o la sonrisa brillante de la Schpirman bajándose del tren con una inmensa dentadura de oro, o los juegos sexuales dentro de los catafalcos con los Únicos amiguitos de la infancia cuyos padres eran dueños de una funeraria; en fin, la convivencia del estudiante de medicina Moisés con un cadáver --Luchito,-- colgado detrás de la puerta del cuarto de pensión, del cual se sirve para repasar sus lecciones. Son anclas de la memoria, objetos y situaciones que recortan humorísticamente una situación humillante, la de constituir un cuerpo agredido, marcado por una etiqueta verbal: "perra judía" , "judía de mierda, asesina de Cristo". Es en este contexto de prejuicio religioso donde la madre se siente desprotegida por un Dios judío demasiado lejano y no entiende por qué la virgencita de ojos azules, como los suyos, no la ayuda. Por ello, le sacará un ojo a una de sus imágenes en yeso; amén de que la voz de la hija, modelando las impresiones de su madre, hará sorna de los ritos del bautizo y de la comunión.

¿Qué hay entonces del país? Si se vive en Osorno, "territorio de extranjeros, de nazis, de indígenas y de escasos judíos" , si la impronta católica los condena al gueto, entonces, ¿existe un lugar para ellas en la patria chilena? Sí, está el afecto, que entra y sale de la casa de Frida a través del desfile de empleadas, gente popular y sufrida, muchas de las cuales comparten una vida tronchada por el destino, como es el caso de la Carmencita, quien perdió a toda su familia en el terremoto de Chillán del año 39. Está también el paisaje natural, los maravillosos bosques sureños, su fauna, sus vistas marítimas; aunque la pantalla traumática de la memoria a veces cruza olores y visiones, contaminando el ambiente de temor: hay también otros bosques parecidos a estos y, por extensión, otros trenes, otros amaneceres. Es como si el país se hubiera desprendido de sus emblemas, siendo una cáscara rota.

En este libro el país solo tiene existencia plena en el ritmo poético de la lengua castellana y en los versos del Pablo Neruda de las Residencias y, por extensión, en las figuras de sus poetas mayores. Gabriela Mistral aparece en Osorno para recibir una flor de la colegiala Frida, recordándosenos su escritura abierta a diversos credos y su defensa de lo indígena. Chile surge desde un verso, un poema en prosa, una oda. Así, la muerte de su hermanita en La Paz, enterrada envuelta en papel de diario en el desierto, la dibuja así: "Mi madre miraba esa carrocita blanca, esos papeles de diario y el cementerio judío en el altiplano: un abismo imaginario”. Marjorie Agosín ensaya una poética de las cosas que le permite ejercer una sublimación del mundo maligno, una conversión del mal en una armonía plástica. Por ello, nos despedimos momentáneamente de esta Sagrada Memoria con este párrafo de sesgo residenciario que es un misterioso responso germinal: "Las camas extraordinarias en su inmensidad, ocupando el espacio redondo de las alcobas, las camas mirando hacia el mar de los sargazos o hacia los rostros huidizos de la muerte" .

Hemos presentado apenas dos voces judías del relato chileno y, en realidad, no se si sean las más representativas entre al menos una decena de voces registradas solo en los Últimos años. Sí podemos enunciar tímidamente, algunas posibles constantes, por cuanto aparecen también en otros textos de esta serie. La mujer es la portadora de la tradición, significando la matriz. Así, en la sugerente novela Por el ojo de la cerradura (2000), de Jorge Scherman, se nos relata la historia de una familia a través de tres generaciones, privilegiando las voces de la abuela Viera Gleiser (nacida en Kichinev), su hija y la nieta Marina, quien deambula junto con nosotros en el Chile de la postdictadura. Aquí, el autor despliega todo el escenario del siglo XX para que ellas actúen, se recriminen y se hagan cargo de los repliegues masculinos, en una familia donde los hombres se comportan como nietos alegres y traviesos o como entes rencorosos y desesperanzados.

En las narraciones de Guralnik y de Agosín se figuraba un Árbol genealógico en descomposición. Pues bien, no es este el rasgo predominante en esta serie de textos, por cuanto en otros, y especialmente en las novelas, se despliega un frondoso Árbol, indicándosenos así que el origen es imborrable, más allá¡ de sus hibridaciones. Tales son los casos, por ejemplo, de las valiosas novelas Donde mejor canta un pájaro (1994), de Alejandro Jodorovsky, y Las jaulas invisibles (2002), de Ana Vásquez-Bronfman, donde incluso se acompaña en hoja aparte la intrincada genealogía, para que sirva de guía a los lectores y para que de paso aprendan nombres distintos a los de las lenguas romances. Tampoco es una constante la escasa marca de lo chileno; lo común es, más bien, su aparición obligada en la genealogía, por alianzas amorosas y sociales, lo cual abre este Árbol a la experiencia originaria americana. Por Último, indiquemos que Israel aparece como un espacio de clara identidad en muchos de estos relatos; en algunos, como en Scherman, lo será¡ para las generaciones más antiguas; pero en otros, como en Guralnik y en Agosí¬n, para los más jóvenes: Frida se casa con Moisés en 1948, año de la creación del estado libre e independiente de Israel, y el hijo mayor de la señora Gitl dirige sus pasos hacia los kibbutz.


FUENTE: ecnext.com